Para la primera semana de octubre de 2018, la gente seguía comiendo de la basura en Venezuela. Tan sólo el año pasado las estadísticas demostraron un aumento del 87% en índices de pobreza y remarcan que hasta un 61% de los ciudadanos se encuentran en pobreza extrema. Con estos números, ver gente en necesidad es una rutina diaria a la que nadie es ajeno, especialmente en la capital del país.

El constante roce con esta realidad -cada vez más devastadora- crea un efecto psicológico y emocional para sus supervivientes que solo puede ser definido como apatía. Es importante resaltar que esta apatía muchas veces no es innata, sino fieramente inducida por la impotencia y desesperanza. Personalmente, yo estaba cansada de sentir tanta impotencia y al mismo tiempo, nunca pude hacerme impermeable a la injusticia que me rodeaba.

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Debido a la complejidad del impacto de la pobreza en Venezuela, no es extraño ver personas bien vestidas, que carecen de techo o más comúnmente, de comida.

Es por esto que se despertó en mí un gran interés cuando a inicios de este mes recibí un correo con una oportunidad que encajaba con mis pensamientos: trabajar junto a la organización benéfica GiveCrypto para alimentar a las comunidades venezolanas en situación de pobreza.

Tras conversar con Joe Waltman, actual director ejecutivo de GiveCrypto, supe que la iniciativa tiene la mira en Venezuela por su clara necesidad de ayuda y su apertura al uso de criptoactivos.

El trabajo consistiría en contactar restaurantes a nivel nacional registrados como receptores de pagos en criptoactivos y proponerles una asociación en la que se les enviaría 100 dólares en esa modalidad, exclusivamente dedicados a la elaboración de comidas para los más necesitados.

No obstante, había un detalle: tendrían que producir y entregar un mínimo de 300 comidas en una semana, récord impuesto anteriormente por uno de los primeros restaurantes contactados directamente por Joe.

 

La realidad hiperinflacionaria

Cuando comencé a participar en este proyecto, admito que fue con escepticismo. Esto no fue por dudas en el buen corazón de nuestros posibles aliados de beneficencia, sino de las verdaderas posibilidades económicas para lograr el objetivo.

No es ningún secreto la crisis que Venezuela enfrenta actualmente, pero aún hay mucha incomprensión alrededor de su verdadero impacto, incluso entre los venezolanos, quienes difícilmente pueden mantener el ritmo de la vertiginosa hiperinflación.

Y es que algo inusual está pasando actualmente en Venezuela, lo que podríamos llamar “dolarización disfrazada”. Esto significa que debido a la continua caída en el valor del bolívar, desde hace años los precios se ajustan al valor del dólar en el mercado negro. Esto claro, de forma no oficial.

Esta situación se agravó con la proclamación del Petro -el famoso criptoactivo lanzado por el gobierno nacional- como medida para el salario mínimo, haciendo ley que los ciudadanos ganen el equivalente a 30$ en bolívares. Esto sólo disparó los precios aún más, ya que luego de una breve caída, el precio del dólar en el mercado negro volvió a subir más allá del poder adquisitivo del venezolano común.

Este tema me llevó días para poder resolverlo. Todo empezó con las primeras llamadas, que hice convencida -debido al éxito previo de Joe- de que podría replicar la hazaña con otros locales. Para mi frustración, las respuestas iniciales chocaban con las expectativas ya que no podíamos entender cómo si un local pudo hacer 300 comidas, los demás se ofrecían a hacer menos de 100 con el mismo presupuesto.

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Debido a los altos costos en carne y pollo, una opción recurrente para rendir alimentos es sopa de vegetales y jugo de frutas.

Pronto descubrí que la lista de contactos eran locales en su mayoría demasiado pequeños para llevar a cabo una proeza como la de 300 comidas. De todos los comercios listados, casi la mitad eran iniciativas caseras de repostería y dulces, sin equipamiento para realizar la tarea. Otros, especialmente de pizzas y comida rápida, alegaban dificultades para producir alimentos a bajo costo y nutritivos por razones similares.

Todos los contactados demostraron su buena fe, pero luego se presentó el inconveniente inmediato: la distribución de gastos. Primero pensé que la comida era el problema, ya que muchos restaurantes ofrecían hacer platos de su propio menú. Pasé una semana elaborando opciones básicas, económicas y saludables para evitar este problema, sin mayor impacto en la cantidad de comidas que podrían entregarse.

Fue entonces cuando contacté al restaurante que comenzó todo, El Portal Grill, ubicado en el estado Bolívar. Este local es una referencia en las búsquedas de comercios de comida que aceptan criptoactivos en el país, al ser el primero en aceptar bitcoin y la criptomoneda Onixcoin. Como fue reseñado por Waltman, el lugar sentó las expectativas al ser capaces de entregar 300 comidas con los 100$ recibidos. ¿Pero cómo?

 

El truco detrás del éxito

La conversación con Pablo Pérez, dueño de El Portal Grill, fue corta pero sustancial para comprender una falla fundamental que nos negábamos a comprender. El restaurante que había sido exhibido como un gran éxito, en realidad sí hizo una labor benéfica, la cuestión es que no lo logró con sólo 100$.

El presupuesto ofrecido por otros locales y restaurantes más pequeños tuvo que tomar en cuenta gastos mayores que el primero -y el más grande- no tuvo que afrontar. Resulta que en esta primera ocasión, el restaurante tenía ya a su disposición un bodegón asociado de donde obtener materiales a un precio mucho menor. Asimismo, cubrieron gastos más allá del alcance de los 100$ -lo cual fue una cantidad significativa, comparada con lo que locales más pequeños tenían que afrontar.

En cuanto al resto, al tratarse de locales pequeños, no contaban con recursos para cubrir envases, cubiertos y servilletas para 300 personas por sus propios medios. Asimismo, la mayoría contaba esta acción benéfica como trabajo extra por el cual debían abonar a sus empleados. En otras palabras, los 100$ no irían exclusivamente a pagos de comida – razonablemente barata dependiendo del menú- sino también a costos colaterales. Esto reducía las posibilidades, variando desde solo 50 comidas a poco más de 100.

¿Qué hacer entonces? Sugerí recurrir a organizaciones benéficas, dejando que los restaurantes se ocuparan de la comida y las beneficencias hicieran el resto, como empaquetar y distribuirlas, pero no hubo respuesta definitiva. Luego recurrí a organizaciones que aceptasen donaciones en criptoactivos, teniendo la oportunidad de hacer hasta 500 comidas para 110 niños en la comunidad de Cagua, Edo. Aragua. Esta idea fue rechazada de plano por Joe, al ser considerada “demasiado fácil”.

 

Mi primera beneficencia

La comunidad de Bellas Artes es, por decirlo en una palabra, curiosa. Aquellos que rodean las cercanías del famoso teatro Teresa Carreño son un grupo conformado principalmente por artistas en decadencia, muchos con problemas de drogas y alcohol. Muchos son olvidados en las calles, sin hogar o familiares que los reclamen y muchas veces sin comida.

Esto lo descubrí al concretar una asociación con un local de la zona: el Restaurante Viejo Puente. Su dueño y chef director, Favio Cerrada, fue nuestro asociado en la labor benéfica al aceptar la colaboración de 100$ en la criptomoneda Dash. Con este aporte, Cerrada -quien también tiene estudios en administración- estimó que más de 110 personas en estado de indigencia y pobreza del sector tendrían una comida caliente.

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Favio Cerrada es residente de Bellas Artes desde hace casi una década. Él y su esposa son dueños del pequeño local, el cual es el primero en la zona en aceptar criptomonedas.

Como parte de la labor, insistí en estar presente para la entrega de alimentos, las cuales se realizaron en tres días consecutivos. De las primeras dos, obtuvimos reportes de hasta 70 beneficiados, entre ciudadanos de la zona en estado de indigencia y residentes de un ancianato local.

En el tercer día, el sábado 13 de octubre, tuve mi primera experiencia cercana con la labor de beneficencia al llegar a conocer en persona a los colaboradores que la habían hecho posible.

Debido al poco espacio de la cocina en el pequeño local de Cerrada, las comidas fueron hechas en el apartamento de uno de los colaboradores del restaurante y artista de la zona, René Carbonell. Sus cuadros decoran las paredes de Viejo Puente y a parte de su labor artística también se dedica a la beneficencia, por lo que lleva una pequeña organización propia que trata de socorrer a sus vecinos desde su cocina, ubicada en la planta baja de uno de los edificios más peligrosos de la capital: la Torre Viasa.

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En el último día de entrega de comidas, el grupo conformado por Carbonell y sus tres colaboradores se dirige con la sopa del día a la plaza frente a la Torre Viasa, donde una pequeña multitud había comenzado a congregarse.

En un marcado contraste, cruzando la calle del sector cultural está el edificio. Originalmente propiedad de una aerolínea, ahora es un ícono de desgaste social al ser la vivienda de cientos de personas en situación de extrema pobreza y la comunidad alega que en los últimos pisos, los peores criminales mandan sobre el centro de la ciudad.

Dentro del apartamento junto a otros tres colaboradores, Carbonell confesó que los últimos días habían sido excepcionales para su labor comunitaria, dado que usualmente sólo son capaces de proporcionar 10 comidas semanales. Gracias a la colaboración con Viejo Puente, podían ver el impacto inmediato de su trabajo, aseguró. El grupo salió con una gran cava con el menú del día: asopado de mariscos con arroz y verduras, además de jugo de lechoza.

Entre la zona cultural y la torre hay una plaza donde se reunieron quienes recibieron la noticia de que se estaría entregando comida y no pasó mucho tiempo hasta que se regó la voz hasta aumentar la fila hasta 40 personas, todas en distintos niveles de necesidad e indigencia.

Al final del día, la cantidad de comidas entregadas dobló las expectativas, llegando a 90 gracias a un cambio en el gasto de envases. En vez de ser proporcionados por los colaboradores, se instó a la comunidad traer los suyos propios, llenando así por igual envases de mantequilla, platos de plástico, envases de arroz chino e incluso botellas de refresco picadas por la mitad. De acuerdo a Cerrada, esto redujo los costos en un 20%.

De la experiencia, 183 personas fueron beneficiadas gracias a la donación de GiveCrypto. La labor demostró la buena fe y disposición entre venezolanos, no para curar pero sí aliviar la injusticia social que nos rodea. Quizás esto inspire a nuevos intentos, donde nuevamente logremos vencer la apatía.

 

Puede ver el video de esta experiencia siguiendo el link: 

 

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